¿Qué es la violencia política? El insulto como arma, de McCarthy a Abascal
En 1950, el senador McCarthy destruía carreras con listas de comunistas que nunca existieron. Hoy, Abascal llama ladrón a Sánchez en X y Trump bautiza a sus rivales con apodos virales. No son fenómenos distintos: son el mismo método con distinto amplificador. Analizamos los tres precursores que construyeron el manual antes de que Trump lo convirtiera en franquicia global.
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Viendo a Santiago Abascal llamar "puto ladrón" a Pedro Sánchez en X y a Trump bautizar a sus rivales con apodos que se viralizan en segundos, me pregunté algo incómodo: ¿desde cuándo hacemos esto?
No era espontaneidad. Era método. Y tenía precedentes muy anteriores a las redes sociales.
¿Cuándo dejamos de debatir ideas y empezamos a destruir personas?
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La política siempre fue agresiva. Pero esto es diferente.
Los enfrentamientos entre políticos son tan viejos como la propia política. Los romanos se insultaban en el Senado, los revolucionarios franceses se guillotinaban, los líderes del siglo XX se acusaban mutuamente de traición. La violencia discursiva no nació ayer.
Lo que sí es nuevo es su industrialización como estrategia electoral. Ya no es el insulto que se escapa en un debate acalorado: es el apodo a menudo convertido en recurso de campaña, repetido y optimizado por equipos de comunicación hasta que se convierte en etiqueta permanente. No es emoción. Es ingeniería.
El mecanismo es simple y ha sido documentado por lingüistas: una idea sin profundidad + un adjetivo negativo adherido al nombre del rival + repetición implacable + que parezca gracioso. El resultado: aunque el votante no crea del todo la acusación, la asociación mental queda grabada. "Crooked Hillary" no necesitaba ser verdad para funcionar. Solo necesitaba circular.
"Usa un lenguaje, un nivel cognitivo muy básico, que hasta un niño lo puede entender. La forma de las peleas e insultos son como de niños: yo soy esto, tú aquello. Es un mensaje simple que llega a mucha gente."
— Phillip Carter, lingüista de la Florida International UniversityY lo más relevante: esta técnica no tiene ideología. La han usado la izquierda y la derecha, populistas del norte y del sur, demócratas y autocrátas. Quien crea que es patrimonio de un bando concreto está mirando solo la mitad del mapa.
No fue Trump quien inventó esto. Fue el laboratorio el que ya existía.
La narrativa popular sitúa a Donald Trump como el gran innovador del insulto político en la era moderna. Es una narrativa que simplifica demasiado. Trump fue el catalizador global, el que lo elevó a escala planetaria gracias a Twitter y a la cobertura mediática compulsiva. Pero el laboratorio ya existía. Y tenía tres técnicos principales.
El primero operó en los años 50 en Estados Unidos. El segundo gobernó Venezuela desde 1999. El tercero dominó Italia desde los 80. Tres ideologías distintas. Tres contextos geográficos distintos. Un mismo método: la acusación no necesita ser verdad, solo necesita circular.
Antes de seguir: pon a prueba tu instinto
¿Cuál de estos líderes es uno de los grandes precedentes modernos de la acusación política sin pruebas como estrategia sistemática?
El alcance del insulto político en datos
El fenómeno no es anecdótico. Tiene dimensiones medibles que lo distinguen de la mera crispación política habitual.
El informe del Reuters Institute de 2024 sobre consumo informativo en España revela el contexto que hace tan efectiva esta estrategia: casi la mitad de la población usa redes sociales para informarse (Digital News Report España, 2024), plataformas donde la literatura sugiere que el lenguaje ofensivo dispara respuestas emocionales intensas antes que deliberación racional.
Según estudios académicos citados por la Universidad de Playa Ancha, en plataformas como X (antes Twitter) el contenido negativo —insultos, descalificaciones— supera ampliamente al positivo en difusión, creando una percepción distorsionada de que el insulto domina todo el discurso político cuando en realidad representa un porcentaje menor del total de mensajes.
McCarthy, Berlusconi, Chávez: el manual antes del manual
Tres figuras construyeron, en contextos muy distintos, la arquitectura discursiva que hoy reconocemos como estándar populista. Lo hicieron sin coordinación entre sí. Lo hicieron desde ideologías opuestas. Y lo hicieron con un éxito que validó el método para todos los que vinieron después.
Lo que une a estos tres personajes no es la ideología —McCarthy era ultraconservador republicano, Chávez socialista revolucionario, Berlusconi liberal-populista— sino el descubrimiento de la misma verdad: en política, la acusación no necesita ser verdad. Solo necesita circular.
De Trump a Abascal: cómo el método se convirtió en franquicia
Lo que Trump aportó que sus precursores no tenían era la escala. McCarthy operaba en comités del Senado y cadenas de radio. Chávez lo hacía desde cadenas nacionales obligatorias. Berlusconi dominaba la televisión italiana. Trump tenía Twitter y una cobertura mediática global que amplificaba cada apodo hasta convertirlo en tendencia mundial.
El resultado fue la creación involuntaria de un modelo exportable. Los líderes populistas de todo el mundo observaron que la estrategia funcionaba y comenzaron a replicarla con adaptaciones locales. No hay evidencia de coordinación: es imitación por éxito demostrado.
El modelo original (Trump)
EEUU → mundo
Apodo + repetición + viralidad en redes. Convierte al rival en personaje de ficción antes de debatir sus ideas.
Las adaptaciones locales
España, Argentina, Brasil
Abascal, Milei, Bolsonaro aplican la misma fórmula con el vocabulario y los enemigos culturales de cada país.
En España, el caso más visible es el de Santiago Abascal. Vox ha normalizado un registro verbal que investigadores de la Universidad de Málaga describen como estrategia deliberada de polarización, con descalificaciones sistemáticas a rivales en el Congreso y en redes. Pero el fenómeno ya no es solo de Vox: el ministro Óscar Puente, del PSOE, gestiona personalmente su cuenta en X con el mismo criterio de impacto por provocación. El insulto ha cruzado también las fronteras ideológicas en España.
El mecanismo que lo explica es la polarización afectiva: una vez que un lado usa el insulto con éxito electoral, el otro lado siente que no puede permitirse no hacerlo. Es una escalada simétrica que no necesita coordinación para producirse.
El mapa de intereses detrás del insulto institucionalizado
Ganan. El insulto moviliza a las bases más radicalizadas, genera titulares gratuitos y desvía la atención de propuestas concretas que podrían ser debatidas y criticadas. Sin coste electoral demostrado.
Ganan a corto plazo, pierden a largo. El insulto genera tráfico, clics y audiencia. Pero amplificarlo sin contextualización convierte a los medios en altavoces involuntarios de la estrategia.
Pierde. El debate sobre políticas reales —sanidad, vivienda, empleo— queda eclipsado por la guerra de apodos. Los parlamentarios veteranos españoles reconocen que nunca habían visto un nivel de agresividad verbal como el actual en el Congreso.
Pierde. Según investigadores, cuando el lenguaje político normaliza al rival como "enemigo" en lugar de "adversario", se cruza una frontera semántica con consecuencias reales. El asalto al Capitolio de 2021 es el ejemplo más citado de adónde lleva esa lógica.
¿Y si el insulto político es simplemente... democrático?
Existe una defensa seria de este fenómeno que no debemos ignorar. El argumento más sólido es este: la política siempre ha sido combate, y el lenguaje directo —incluso duro— puede ser más honesto que la diplomacia evasiva que históricamente ha servido para encubrir corrupción e incompetencia.
Hay datos que respaldan esta lectura. Los estudios muestran que los políticos que usan un lenguaje más directo y coloquial generan mayor sensación de autenticidad entre votantes desconectados del sistema. Trump ganó en 2016 en parte porque su registro era radicalmente diferente al lenguaje tecnocrático que sus rivales usaban. Berlusconi conectó con italianos que sentían que la política tradicional les hablaba desde arriba.
También existe el argumento de la simetría: si un lado ataca con insultos y el otro responde con diplomacia, el primero domina el ciclo mediático indefinidamente. Algunos asesores de comunicación defienden que la respuesta en el mismo registro es la única forma efectiva de contrarrestarlo.
El límite del contraargumento, sin embargo, es la distinción entre lenguaje directo y acusación sin pruebas. Ser crudo no equivale a ser falso. El problema no es que Abascal llame ladrón a Sánchez con vehemencia; el problema es que lo haga como estrategia de comunicación independientemente de si existe una condena, un proceso o una prueba que lo respalde. Esa distinción —entre rigor y performance— es la que separa el debate duro del macartismo.
Setenta años de un método que ningún sistema ha logrado frenar
McCarthy fue censurado por el Senado en 1954, su carrera destruida y su nombre convertido en sinónimo de persecución injusta. Setenta años después, la lógica que él simboliza reaparece hoy en parlamentos y campañas de democracias consolidadas de todo el mundo.
Berlusconi murió en 2023 habiendo gobernado Italia en cuatro ocasiones distintas. Chávez gobernó Venezuela hasta su muerte en 2013, con el chavismo aún en el poder hoy. Trump ganó las elecciones presidenciales de 2016 y 2024. Abascal dirige el tercer partido de España. El dato más incómodo de este análisis no es que el método exista: es que funciona.
Los analistas identifican una razón neurológica: el insulto activa emociones antes que el razonamiento. En un entorno de saturación informativa donde el 48% de los españoles se informa por redes sociales, el mensaje más simple y más visceral tiene ventaja estructural sobre el más matizado y complejo.
Lo que McCarthy, Chávez y Berlusconi descubrieron por separado, y Trump convirtió en franquicia global, es que la democracia tiene una vulnerabilidad de diseño: la libertad de expresión no distingue entre el argumento verificable y la acusación fabricada. Ambos compiten en el mismo espacio con las mismas reglas.
La pregunta que queda, setenta años después del primer gran "caza de brujas" documentado, no es si esto va a continuar. La pregunta es: ¿qué hace una democracia cuando su mayor fortaleza —la libertad de hablar— se convierte en el arma favorita de quienes quieren destruirla desde dentro?